Aquel anciano me tomó la mano derecha, me miró a los ojos y me dijo, hijo, hay vendas que no son visibles con los ojos, solo se aprecian con el corazón. Paralizado, por aquel señor que me infundía tanto respeto por la sabiduría que las arrugas conceden, cedí y me deje llevar hasta un pozo colmado de agua pura y cristalina.
Cuando nuestros rostros alcanzaron el borde del pozo, solo entonces, fui capaz de mirar hacia abajo. Como por arte de magia, este señor sacó de ninguna parte una llave, una de esas antiguas llaves grandes y alargadas, un poco viciada y con irregular forma, única, con defectos por el uso, en algunos filos no tan simétrica ya, con zonas donde el color estaba lejos de ser aquel que fue.
Esta llave, eres tú, me dijo, a la par que la lanzaba hacia dentro del pozo. Penetró en el agua, se hundió, danzando verticalmente milímetro a milímetro, tan inerte, fría y solitaria, hasta que con un leve ruido toco el fondo del pozo y logro posarse.Finalmente se detuvo, noté que el señor me miraba, a pesar de que yo no había comprendido absolutamente nada. Sonrió, pero no con malicia, sino con el alma, como si fuera un lejano familiar al que hace mucho tiempo que no veía y estuviera sorprendiéndose de la inocencia que acarrea la ignorancia. De pronto me dijo, esta llave eres tú y todo ese camino que ha recorrido es tu vida. Ambos sabíamos que más tarde o más temprano la llave tocaría el fondo, sin embargo no es esto lo que te he traído a ver. Serías capaz de decirme, entonces, qué es?
Desconcertado, respondí que la razón de ser de las llaves es abrir puertas.
Y de nuevo me encontré con aquella familiar risa, de la que era imposible atisbar desesperación o intentos de humillación, sino solo verdadero afecto.
De aquí, con lo que te tienes que quedar es contigo mismo, contigo y con la llave de manera paralela. Ella al igual que tu es única, como únicos son tus genes y tu aspecto, y única es la puerta que la llave abre, su forma es propia e inigualable, tiene un firme propósito y lo principal, el inicio de su existencia marca el resto de su vida. Al igual que para ti, que es la infancia es la que marca tu forma de ser, la que forma tu yo interno y los criterios que te harán tomar las decisiones que marquen tu camino, para la llave su forma es la que determina la puerta que abre y su legítima, original y única finalidad.
Inmediatamente ese maldito viejo me hizo ver las cosas más claras y reímos juntos, reímos mucho y muy relajados, como si la frontera de edad no tuviera un real significado y no hubiera otro modo de tomarse la vida que exaltando la felicidad.
El se marchó, con la conciencia como el agua del pozo que estaba varios metros más para allá, dejándome solo en aquel banco de madera, con las piernas bien firmes sobre el suelo formando un ángulo de noventa grados y mirándome las manos cruzadas, cuyos dedos estaban entrecruzados unos contra otros, notando la circulación sanguínea que produce la presión de una mano contra la otra, rozando mis yemas entre ellas y la cabeza muchísimo más lejos, mas lejos no solo en el espacio sino también en el tiempo.
Era, como en todos los primeros e últimos recuerdos de mi vida, primavera, el sol cubría hasta más allá de donde era capaz de ver alzando la cabeza y la sal me dejaba ventaja porque sabía que más tarde o más temprano acabaría cubriéndome de protección con su manto. Había luz por todas partes, allá dónde miraras podías encontrar chorros de luz y pureza, ya sean en dos ojos del color del mar, que en el reflejo del cristal de las farolas apagadas. La felicidad me embargaba, una felicidad alejada de los brebajes que hoy nos alejan de la realidad, de las pócimas malditas, de esas mezclas que hoy nos permiten pactar con el diablo y hacer un trueque con él, cediéndole un trozo de nuestra vida a cambio de horas de evasión y felicidad artificial. No, no, aquella, era una felicidad auténtica, cargada de pureza, de verdad, esa verdad que solo los niños son capaces de mostrar con su sabia ignorancia. Reía a mares, dando y recibiendo oleadas de bienestar, andaba, me movía y corría sin buscarle el sentido, por el puro y divino placer de hacer las cosas de manera improvisada y real.
Las noches eran aventuras, las sabanas blancas y la cama demasiado larga. La oscuridad nuestra enemiga, los dientes, sucios. Las noches, también eran más largas, más cuando las rodillas dolían, primer síntoma de que el telón de la niñez iba cayendo y la función se acercaba al cierre, el teatro se quedaba vacío y los niños se marchan a la dura labor de hacerse hombres.
Hoy, recordando en este banco aquel parque en el que tantas tardes he sido villano, superhéroe, campeón de la copa del mundo, ladrón, policía y millones de cosas más que hoy desgraciadamente no recuerdo, me miro a mi mismo, miro a aquellos que más cerca o más lejos me rodean y me pregunto cómo hemos podido llegar a cómo estamos, cómo hemos podido llegar hasta aquí.
Por encima de todo me pregunto cuál es ese momento en el que los niños que llevamos dentro se marchitan y los sustituyen hombres, hombres que fácilmente se corrompen, se ensucian las manos y se desvían de la felicidad más pura con sus comportamientos oportunistas, su atajo que los lleva a la gloria a cualquier precio, su soy más que tu y su qué dirán.
Me pregunto si todos ellos no recuerdan ya a ese niño del parque, que sin quererlo, es el único que tiene la llave para el tiempo futuro.