Stay alive, stay awake, keep thinking


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Why can we always remember the past but not the future? Where is the line between causality and destiny? How many kilometers runs a raindrop from the sky to your head? Do you know if that person next to you sees the things through their eyes in the same way you do it? Are you sure that things are as your eyes tell you that are? Could it be different? Do you know the form that reason has? Is life a miracle? Do we must fall in love? Does love really exist, or is just a human mechanism inherent to our genes for achieving our main goal, procreate? Do you control yourself all the time? Are you conscious you are an animal? Do you know when dreaming, that is a dream, or after, awake, you realize that you felt it like if it was real? Does the universe end or is it still expanding? Are we like ants? Are we alone? Are you scared?

We don´t have all the answers, so please, enjoy your life. It’s worth

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Summertime Sadness


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Se refleja la sangre del atardecer en el brillo de tus ojos mientras se achinan porque sonríes, y a la par, se refleja tu felicidad en todas las cosas haciendo que el mundo gire y funcione. Ahora bajamos los escalones tatareando alguna canción de los noventa, se cruzan nuestros ojos en el espejo y nos cubrimos de complicidad. Recuerdo perfectamente tu melena, cada uno de los hilos que se formaban con el balanceo de tu cabeza a cada paso que dabas, cabellos aún húmedos de la ducha, tu castaño contrastado con el vestido blanco, el de los días felices, como lo solías llamar.

 Pareciese que te estoy viendo ahora  mismo, aquella tez morena que olía a verano, suave como el roce del contorno de la playa con la palma de los pies, hundiéndose en la arena mojada a cada paso que das y haciéndote difícil separarte de ella, casi obligándote a despegarte. Salimos a la calle, en medio de una medio discusión absurda sobre quien era el autor de no recuerdo ahora mismo qué, cada vez que me contradecías me hacías cosquillas y yo te pisaba las romanas. Te podías confundir perfectamente con el suelo y las lozas rojas, el resto de la gente que pasaba no eran más que extras, lo nuestro era tan divertido y peligrosamente natural que simplemente nos sobraba todo lo demás.

 Ahora cedes, los jilgueros de los árboles se dan el cambio por las gaviotas a medida que nos acercamos al puerto pesquero, justo en ese momento en el que me das la mano y rozo sin querer tu cinturón de cuero con bordados, se cierran cada uno de nuestros dedos los unos contra otros de manera acompasada y autómata, como una absurda cremallera, pero con toda la legitimidad que nuestro amor nos da y el sentido que nos otorga.

Te compro un helado, nos sentamos y el espectáculo más bello de la tierra no me permite ver un atardecer cargado de contrastes entre la infinita línea que compone el mar contra el cielo en el horizonte y el blanco de algunas nubes solitarias, con el rojo cañí que emana un sol que nos deja perezosamente en nuestra soledad del uno con el otro.

 Añoro tu cuello, perfectamente liso y aromado, con ese lunar tan tuyo en mitad del recorrido que rozo hasta llegar a la barbilla. Los azulejos de cerámica del banco forman figuras extrañas. Palpo tus labios con los dedos ahora, aquel par de “red lips” con su simetría tan señorial, sonrisa predispuesta y fuente de felicidad que hoy tantas veces busco en mis sueños. Pero, por encima de todo esto, mientras nos cubre la brisa cálida y nos envuelve la sal, mientras el viento mece las olas poniéndole melodía a mis memorias, reina el verde primavera de tus ojos en este reino absurdo, primitivo e intuitivo del amor. 

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La llave


Aquel anciano me tomó la mano derecha, me miró a los ojos y me dijo, hijo, hay vendas que no son visibles con los ojos, solo se aprecian con el corazón. Paralizado, por aquel señor que me infundía tanto respeto por la sabiduría que las arrugas conceden, cedí y me deje llevar hasta un pozo colmado de agua pura y cristalina.
Cuando nuestros rostros alcanzaron el borde del pozo, solo entonces, fui capaz de mirar hacia abajo. Como por arte de magia, este señor sacó de ninguna parte una llave, una de esas antiguas llaves grandes y alargadas, un poco viciada y con irregular forma, única, con defectos por el uso, en algunos filos no tan simétrica ya, con zonas donde el color estaba lejos de ser aquel que fue.

Esta llave, eres tú, me dijo, a la par que la lanzaba hacia dentro del pozo. Penetró en el agua, se hundió, danzando verticalmente milímetro a milímetro, tan inerte, fría y solitaria, hasta que con un leve ruido toco el fondo del pozo y logro posarse.Finalmente se detuvo, noté que el señor me miraba, a pesar de que yo no había comprendido absolutamente nada. Sonrió, pero no con malicia, sino con el alma, como si fuera un lejano familiar al que hace mucho tiempo que no veía y estuviera sorprendiéndose de la inocencia que acarrea la ignorancia. De pronto me dijo, esta llave eres tú y todo ese camino que ha recorrido es tu vida. Ambos sabíamos que más tarde o más temprano la llave tocaría el fondo, sin embargo no es esto lo que te he traído a ver. Serías capaz de decirme, entonces, qué es?

Desconcertado, respondí que la razón de ser de las llaves es abrir puertas.
Y de nuevo me encontré con aquella familiar risa, de la que era imposible atisbar desesperación o intentos de humillación, sino solo verdadero afecto.

De aquí, con lo que te tienes que quedar es contigo mismo, contigo y con la llave de manera paralela. Ella al igual que tu es única, como únicos son tus genes y tu aspecto, y única es la puerta que la llave abre, su forma es propia e inigualable, tiene un firme propósito y lo principal, el inicio de su existencia marca el resto de su vida. Al igual que para ti, que es la infancia es la que marca tu forma de ser, la que forma tu yo interno y los criterios que te harán tomar las decisiones que marquen tu camino, para la llave su forma es la que determina la puerta que abre y su legítima, original y única finalidad.

Inmediatamente ese maldito viejo me hizo ver las cosas más claras y reímos juntos, reímos mucho y muy relajados, como si la frontera de edad no tuviera un real significado y no hubiera otro modo de tomarse la vida que exaltando la felicidad.

El se marchó, con la conciencia como el agua del pozo que estaba varios metros más para allá, dejándome solo en aquel banco de madera, con las piernas bien firmes sobre el suelo formando un ángulo de noventa grados y mirándome las manos cruzadas, cuyos dedos estaban entrecruzados unos contra otros, notando la circulación sanguínea que produce la presión de una mano contra la otra, rozando mis yemas entre ellas y la cabeza muchísimo más lejos, mas lejos no solo en el espacio sino también en el tiempo.

Era, como en todos los primeros e últimos recuerdos de mi vida, primavera, el sol cubría hasta más allá de donde era capaz de ver alzando la cabeza y la sal me dejaba ventaja porque sabía que más tarde o más temprano acabaría cubriéndome de protección con su manto. Había luz por todas partes, allá dónde miraras podías encontrar chorros de luz y pureza, ya sean en dos ojos del color del mar, que en el reflejo del cristal de las farolas apagadas. La felicidad me embargaba, una felicidad alejada de los brebajes que hoy nos alejan de la realidad, de las pócimas malditas, de esas mezclas que hoy nos permiten pactar con el diablo y hacer un trueque con él, cediéndole un trozo de nuestra vida a cambio de horas de evasión y felicidad artificial. No, no, aquella, era una felicidad auténtica, cargada de pureza, de verdad, esa verdad que solo los niños son capaces de mostrar con su sabia ignorancia. Reía a mares, dando y recibiendo oleadas de bienestar, andaba, me movía y corría sin buscarle el sentido, por el puro y divino placer de hacer las cosas de manera improvisada y real.
Las noches eran aventuras, las sabanas blancas y la cama demasiado larga. La oscuridad nuestra enemiga, los dientes, sucios. Las noches, también eran más largas, más cuando las rodillas dolían, primer síntoma de que el telón de la niñez iba cayendo y la función se acercaba al cierre, el teatro se quedaba vacío y los niños se marchan a la dura labor de hacerse hombres.

Hoy, recordando en este banco aquel parque en el que tantas tardes he sido villano, superhéroe, campeón de la copa del mundo, ladrón, policía y millones de cosas más que hoy desgraciadamente no recuerdo, me miro a mi mismo, miro a aquellos que más cerca o más lejos me rodean y me pregunto cómo hemos podido llegar a cómo estamos, cómo hemos podido llegar hasta aquí.

Por encima de todo me pregunto cuál es ese momento en el que los niños que llevamos dentro se marchitan y los sustituyen hombres, hombres que fácilmente se corrompen, se ensucian las manos y se desvían de la felicidad más pura con sus comportamientos oportunistas, su atajo que los lleva a la gloria a cualquier precio, su soy más que tu y su qué dirán.

Me pregunto si todos ellos no recuerdan ya a ese niño del parque, que sin quererlo, es el único que tiene la llave para el tiempo futuro.

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Todas las canciones dicen lo mismo


La underwood hablaba en Morse, no cedía ni un segundo de su tiempo, ocupando todo el espacio con su ruido. Los dedos gastados se mezclaban con los despellejados codos, lentamente las teclas iban cayendo, una a una, con súbitas ráfagas de pensamiento.
Parecía que la lluvia se había llevado lo poco de humano que de su rostro quedaba, somnoliento, afligido, apesadumbrado tras las noticias que llegaban por la oxidada radio, a medias entre el humo de los cigarros y los primeros rayos de sol que anunciaban el alba. Se deslizan lágrimas silenciosas lentamente por su mejilla, saladas y soberbias, viajando por el desafío que sus pómulos conforman, cabeza gacha, pegada al filo de la mesa casi, su mirada fija en el suelo de madera era capaz de expresar tanto sin decir nada.
Al fondo, una vieja foto y un violín, la foto de dos críos sonriendo, de apenas tres palmos y medio cada uno, sujetando entre las cuatro manos una morena casi tan grande como ellos en una mañana soleada de buena pesca, el césped verde bajo sus pies desnudos, el sol omnipresente cubriendo cada milímetro con su manto, los ojos tan expresivos de los dos parecidos niños rebosando alegría, destrozaban como chivatos la realidad a la que estaban expuestos.

El color y el olor de aquella piscina de plástico es el color y el olor de mi niñez, de jilgueros anunciando el alba, de escalones de madera que crujían cuando los bajabas, de sandías tan tan tan rojas, que la gota que se resbalaba por tu rostro cuando le hincabas el primer mordisco se podía confundir con la sangre, pan al horno, tostadas de mantequilla, infinitos resultados de partidos de fútbol, primos, amigos, hermanos. Mi niñez es verde, porque dicen que es lo último que se pierde, verde de los pinos, de la hierba del césped, de tus ojos…

Pertenezco a la última generación de niños criados en la calle, con sus maldades y sus verdades, sí, hablo de esa generación que por un cierto tiempo pudo disfrutar de relacionarse con los de su edad cara a cara y no en 140 caracteres, que jugaba al escondite, que amaba el verano porque suponía que te dejaran estar más tiempo en la calle, que tenía pandilla con niños y niñas de su mismo barrio. Yo crecí así, de la mano de unos padres que a su vez habían sido criados así, fruto de la verdad de hablar con la gente que te rodea, nada de pantallas que te permiten conectarte sin límites, sin barreras. No, no, no, nosotros teníamos muy claro cuál era nuestro reino, nuestras fronteras, estábamos decididos a no abandonarlo, honestamente, éramos felices dentro, para qué carajo queríamos más. Éramos tan ilusos que aún creíamos en el amor, en encontrar a esa otra persona con quien siempre puedes hablar, que te saca la sonrisa, que te hace despertarte rabiando felicidad, y no, no cedíamos nuestra virginidad a la primera oportunidad que se nos pusiera delante porque aún creíamos demasiado en que valíamos mucho. Amábamos la familia, el cariño, el respeto y el sacrificio de unos padres que lo daban todo por nosotros, que cada día se preocupaban, dispuestos a anteponerlo todo por hacer lo correcto, por tomar la decisión más oportuna, es por eso que los respetábamos. Nos divertíamos, mas no nos hacía falta conocerlo todo el mismo día, no nos comimos la tarta de un bocado el día de nuestro cumpleaños por muy nuestra que sea, porque sabíamos que así podríamos atragantarnos.

Madrid amanece demasiado temprano, a veces pienso incluso que Madrid es asexual y lo hace aposta, eso de acortar las noches. Aquí la última copa de la noche se pide dos horas y treintaicinco minutos después que el primer café de la mañana, de modo que todo pierde un poco más el poco sentido. Nuestra capital a las seis de la mañana es un circo y los payasos no llevan la cara pintada, sino copas de más. He visto demasiadas veces espectáculos matutinos, excesivas noches cortas. En la calle Alcalá cuatro imbéciles esperaban el autobús, silbaban a toda aguja de tacón que se oyera en un radio de 500 metros, hacían amagos de ofrecer billetes de cinco euros a los innumerables mendigos que puedes encontrar a esas horas, los ridiculizaban, se deshumanizaban, reían. No demasiado más abajo, la noche esquizofrénica que hasta hace un par de horas vestía de gala, deja ver las calvas en la cabellera, los trajes están perdidamente ajados, los cuellos de las camisas amarillos, el rímel corrido, los músculos de la cara demasiado cansados como para seguir riendo a carcajadas, los búhos copados de zombis que duermen la mona de vuelta, camisas llenas de manchas, completamente remangadas, con los tres primeros botones desabrochados, vestidos descuidados, enseñando demasiado muslo ahora, planas por tacones, niñas por mujeres.

Ella me miró, se detuvo por un momento y me dijo, con toda la expresividad que caracterizaban a esos dos ojos negros que parecían no tener fin:
- Sé que es absurdo, pero ¿sabes qué?

¿Qué? Le dije yo, aprovechando para mirarla detenidamente ahora que la tenía tan cerca, grabando en mi memoria esa tarde, la luz que se reflejaba sobre sus pómulos, la media sonrisa que cedía de sus labios, su brillo, el perfume que emanaba su cuello.
- Pues que creo que todas las canciones dicen lo mismo.
Reí y fue justo en ese momento cuando supe que era ella la persona con la que compartiría el resto de mi vida.

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Octubre


Si encuentras un sabor más agridulce que los lunes de octubre cierro eternamente los párpados a este libro, araño sus hojas, estrujo violentamente unas contra otras y les corto la respiración, las alas, lo hago envejecer en una soledad amarga, aislada, ajena al tiempo y sus quebraderos de cabeza. Los lunes de Octubre son también fríos, con un manto de hojarasca, con colores imposibles tiñendo los suelos de los parques cubiertos de hojas, con siluetas fantasmagóricas que en el vuelo de una hoja se reproducen en el suelo en forma de sombra, abrigos cortos, amagos de invierno, lluvia que empapa y cala hasta los huesos, resfriados esporádicos, besos furtivos, calefactores estropeados, sudaderas, pies fríos, estornudos, peli manta y sofá.
A lo lejos, en este camino que me parece ahora distinto al que recorrí hace un par de meses, me sonríe Octubre, siempre tímida, como con pena y alegría al mismo tiempo reflejada en su rostro, como difusa, tratando de no revelar con la fachada exterior cargada de belleza, todos los sentimientos que acumula dentro. Me he enamorado veintidós veces de Octubre y todos los años tras celebrar el cumpleaños de mi nacimiento se marchita y me deja triste, solo, con irremediables ganas de beber más de sus labios. El tiempo, cruel protagonista una vez más, estira los brazos, mueve los hilos y las marionetas responden con sonrisa forzada, establece los cánones, marca il tempo y nosotros, estúpidos, borrachos de ganas, azar y ambiciones, nos dejamos llevar en esta ruleta absurda, este juego de sentimientos al que muchos llaman vida.

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Vita


Vida fluyendo por las esquinas de aquella milenaria plaza, los lirios sonriendo y resoplando, los brotes de felicidad se mezclaban en las mejillas de los críos con los manchurrones del helado de chocolate que acababan de devorar. En mitad de revoloteos de palomas que van de aquí a allá, de árboles que se estiran para rascarse las cosquillas que el viento les hace y de la brisa marinera que sopla desde el poniente, en este banquito de madera curtido por el paso de generaciones, respiro profundamente y me maravillo de la simple posibilidad de sonreír, de querer y poder sentirte querido, del placer de compartir. La música se acerca pululando a través del vacío, viaja ondulándose hasta que las ondas alcanzan mis orejas, mi tímpano la aprecia y me maravillo por todo el gusto que una buena canción puede provocar sobre una persona. Y sonrío más. Como si la juventud no se hubiera despegado de mi todavía completamente. El verano te caza altanero, sensual, frívolo, como los vestidos blancos y transparentes que se deshacen a partir de las doce, te atrapa e inmoviliza entre sus arenas, evoca el ruido de las olas al morir contra la orilla, sin quererlo, pareciese que fueses niño de nuevo. Canalla, el perro persigue al gato, un par de jóvenes comparten una litrona mientras ríen en el banco de más allá y de fondo se escucha una guitarra española.
Las lágrimas, esta vez de felicidad, son capaces de bailar al compás de los rayos primerizos de sol, con la madre aquella que empuja el carrito de su hijo con el orgullo de alguien que tiene algo fruto de su amor, con las críos que ahora han dejado la pelota y juegan al escondite, contigo mismo hoy y años atrás, con un millón de experiencias, de caídas y levantadas, tropiezos y pedazos de suelo estampados en los morros, con atardeceres de esos rojos, donde el sol se escurre en el horizonte, la luna se desdibuja y sientes por todos los poros de tu piel que estás vivo.
Por eso y por muchísimas más veces que sentirás momentos como ese, da las gracias cada día al levantarte y al acostarte, ni más ni menos que por estar vivo, el regalo más poderoso que jamás haya existido.

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Miedo


Se escapa la lluvia por las cañerías del desierto que forman los tubérculos enterrados en un sinfín de melodías, en miles de lápidas amontonadas, en motivos y razones escondidos, llantos, pinturas rupestres, miedo y más miedo en los rostros de los hombres. Aguarda, lamentablemente aguarda despacio y con una sonrisa el guardián de los compases que el diablo no es capaz de amordazar, el sátiro, quien indudablemente se voltea a sí mismo y se engaña sin quererlo quizás.
El mono le corroe, le ciega, le hace olvidarse de si mismo, le recuerda a Don Francisco, al amor perdido entre las ramas de los árboles más altos, apuntando hacia el cielo, amontonándose entre recados, sin peligro alguno, llorando llagas de los recuerdos, encrucijando, haciendo y tomando fotos que capturan momentos para la eternidad, que guardan significado eterno. Un par de piernas abiertas suspirando paz, otorgando vida y calor por los poros de su dermis, haciéndote perderte entre murmullos, castigarte, humillarte, amargarte, machacarte entre recuerdos que no te dan más que recuerdos. Y caen lágrimas que al parecer no tienen sentido, que expiran carbón, que se burlan de mi, con el fervor del miedo me agarro a un clavo ardiendo y sin quererlo te quiero hasta que llegue la primavera, como si fuese la primera vez que te viese, como si la fragancia de tu liso e increíblemente perfecto cuello fuese desconocida para mi. Que tarde es y que de fuego se respira en el ambiente, que de calor me traspasas, que de miedo, miedo, miedo.
Las costuras que el calor y el tiempo conjuran en mi contra me hacen naufragar, me matan, me cortan las alas, pero escribo y escribo a brazadas entre la sepultura y el espanto, entre el arte y la pena, entre la libertad y las mordazas que siento en el corazón. Se escapan traicioneras las lágrimas por el filo de mis ojos, entre las brechas y las astillas que algún día se clavaron en mi pecho para no irse jamás. Ahora estoy lejos, más lejos que antes, quizás, en una risa maligna que no oye a la verdad, que no se cansa, que no es húmeda ni fría sino asombrosa e increíblemente inerte.
Mi sangre y mi corazón no entienden de veneno ni de tu verdad, se palpa en el ambiente que tus perfectos labios reciben el calor de mis ojos una y otra vez, lo maldigo por dentro, todas las canciones hablan de lo mismo, el ruiseñor nos deleita y el alcohol corre por nuestras venas, opacos al calor que emanan los corazones, oblicuos al devenir de los días, a la espera y a los recuerdos borrables, esos que después intentamos reconstruir y duelen aún más. Lloro. Lloro por ti y por mí y por lo que pudo ser y nuca fue, por mis pasos que sin quererlo me engañan y me advierten, me guían como aquel faro viejo y oxidado que siempre lee la verdad en los corazones. No consigo olvidarme de tu risa por más que la cuente, por más que la traduzca, por más que saque manos, que pinte tempestades, huyes de mi y sin mí, te repites sin quererlo, gritándome en un idioma irreconocible, atrapada en un sueño que vuelve una y otra vez.

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